Menu Content/Inhalt
La grandeza y los anónimos se dan de narices PDF Imprimir E-Mail
  La grandeza y los anónimos se dan de narices

¿Qué son el bien o el mal, sino construcciones de los hombres?


¿Nace un hombre malo o se hace, o lo hace la sociedad?

Hace pocos días leía en el libro "Viejo muere el cisne" de Aldous Huxley una interpretación que hacía sobre las preguntas que anteceden uno de las contra figuras más importantes de la novela, llamado Propter.

Claro que la construcción de dicho personaje es tan sólida (mérito de Huxley) que uno llega a creer razonable el escepticismo que plantea sobre la humanidad en su conjunto y el hombre como individuo.

 

A pesar de que, a riesgo de pecar de pueril, creo firmemente que el hombre es intrínsecamente bueno, debo reconocer que lo mío es solo una arbitraria convicción que muchos hombres podrían demoler sin demasiado esfuerzo con solo citar algunos ejemplos.

Estas ideas, que expongo en forma algo desprolija, rondaban mi pensamiento mientras sentado en mi escritorio revisaba el correo electrónico del día, cuando recibí un mensaje anónimo enviado desde mi blog (un pequeño vicio que puedo permitirme, para dejar de lado la corrección que me demandan otros medios, entre ellos el presente).

Dicho anónimo se explayaba en una serie de adjetivaciones hacia mi persona que hubieran hecho montar en cólera a un monje Zen.

Como no soy monje y mucho menos practico el budismo Zen, podrá imaginar el lector lo visceral de mi reacción, amplificada por el hecho de que no había nadie cerca, lo que me permitió proceder a dos acciones; la primera agotar un catálogo de interjecciones non sanctas y, la segunda, escribir en mi blog una respuesta al anónimo.

Por supuesto que la tecnología permite encontrar rastros y mi obscuro deseo de averiguar el origen del líbelo se vio satisfecho luego de poco rato.

Capítulo cerrado.

Ahora bien, mi respuesta escrita se intituló "Sobre la opinión que me merecen los anónimos", pero en realidad, era la opinión que me merecía "ese" anónimo.

Pasados unos días vuelvo sobre el tópico, más sereno y habiendo comentado mis cuitas con buenos amigos.

Caí en la cuenta de que el tema es mucho más profundo de lo que arroja una primera lectura, porque los anónimos fueron la causa de muchas desgracias en la historia de la humanidad. Persecuciones genocidas, destrucción de carreras y trayectorias, muertes, prisión y una inagotable colección de atrocidades comenzaron con anónimos.

¿Hay alguna justificación para un anónimo?

Pueden ensayarse muchas, pero ninguna resiste una segunda lectura.

Trato de imaginar a Giordano Bruno enviando un anónimo, pero la hoguera desmiente esa hipótesis. Forzando las cosas supongo que en algún momento San Martín hubiera podido tentarse y caigo en la cuenta de que tampoco.

La grandeza y los anónimos se dan de narices.

¿Qué es lo que anima a alguien a esa bajeza?

La palabra cobardía ya debe estar rondando la cabeza del lector y eso es lógico. Aquellos que los escriben saben que su actitud es execrable, entonces callan y construyen su propia prisión, que los hunde aún más en el peor de los infiernos. Nótese que un testigo protegido, por ejemplo, no es anónimo, sino reservado y preservado.

Cuando alguien sabe que le asiste la verdad no teme denunciar, salvo en regímenes totalitarios.

La grandeza consiste en firmar hasta los fracasos, aceptar el desafío de pelear por las causas justas, haciendo gala de esa entrega que ha convertido en figuras míticas a los padres de la patria y de la humanidad. Y, si muchos son los ejemplos que pueden desmentir mi creencia en la bondad del hombre, muchos más son los que la afianzan.

Digo bondad, no candidez, ni mucho menos ingenuidad.

Caigo en la cuenta de que José Ingenieros firmó su "Hombre mediocre", un faro que requirió de mucho más coraje y entrega que un anónimo.

Definitivamente, no es con anónimos como se construye el futuro. 

 
< Anterior   Siguiente >